dimarts, de febrer 20, 2018

Votar a menos senadores para un Senado más plural

Artículo publicado en Agenda Pública el 18 de febrero de 2018

La propuesta de modificación de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG) que ha lanzado Unidos Podemos con el apoyo de Ciudadanos, ha vuelto a poner sobre la mesa las posibilidades de modificar el sistema electoral que rige la elección de las Cortes Generales sin la necesidad de llevar a cabo una reforma constitucional.
En 1985, cuando se aprobó la LOREG, la entonces mayoría socialista prefirió mantener los criterios que se establecieron de forma provisional en la Ley de Reforma Política de 1976 (350 diputados, mínimo 2 por provincia y fórmula D’Hondt), y estos criterios se han mantenido inalterables durante más de 30 años, a pesar de generar un sistema de reparto de escaños poco equitativo.
El cambio de fórmula  que proponen Podemos y Ciudadanos -sustituyendo D’Hondt por Sainte Laguë- daría mayor proporcionalidad al sistema de asignación de escaños sin por ello reducir el número de diputados que se eligen en cada una de las provincias ni aumentar el número total de diputados. Es una buena solución.
Sin embargo, esta oportunidad de reforma de la LOREG sería incompleta sino abordara también una modificación en la fórmula de elección del Senado. El artículo 69 de la Constitución establece que “los votantes de cada provincia elegirán cuatro senadores”, excepto en el caso de las provincias insulares, Ceuta y Melilla, pero remite su fórmula de elección a la posterior ley orgánica.
La LOREG, en su artículo 166, establece que los electores “pueden dar su voto a un máximo de tres candidatos en las circunscripciones provinciales, dos en Gran Canaria, Mallorca, Tenerife, Ceuta y Melilla, y uno en las restantes circunscripciones insulares”. Es decir, se optó por una fórmula mayoritaria de voto limitado, permitiendo a los electores de las circunscripciones provinciales  votar un máximo de tres candidatos para premiar a la fuerza ganadora con un 75% de la representación pero garantizando un senador a la segunda fuerza política más votada. La misma fórmula que se utilizó por primera vez en 1977.
Este sistema ha provocado importantes disfuncionalidades, puesto que otorga una prima notable a los partidos políticos ganadores en cada provincia y ha beneficiado de forma recurrente al Partido Popular durante los últimos 25 años, que ha sido el partido con mayor número de senadores por elección directa incluso en las legislaturas en las que el PSOE fue la fuerza más votada.
En las últimas elecciones generales, el PP obtuvo el 75% de los senadores en 36 provincias, a pesar de que en sólo en 1 -Ávila- superó el 50% de los votos, mientras que en 20 su primer senador se situó entre el 40 y el 50%, y en las otras 15 obtuvo entre el 30 y el 40%.
Por todo ello, si se aborda la reforma de la LOREG para cambiar la fórmula para elegir los diputados del Congreso sería oportuno cambiar también la fórmula para elegir a los senadores. Hacerlo es posible, y relativamente sencillo, incluso manteniendo una fórmula mayoritaria de voto limitado. Basta modificar el número de senadores a los que puede votar cada ciudadano. Si cada uno de los electores pudiera dar su voto a un máximo de 2 senadores en las circunscripciones provinciales y solo a 1 en Ceuta y Melilla, se modificaría sustancialmente el reparto de senadores. 
Con esta nueva fórmula, el partido más votado en cada provincia obtendría como máximo 2 senadores, y los otros dos serían para la segunda fuerza o para la segunda y la tercera, en función del número de votos que obtuviera cada uno de los candidatos a senador. Con esta fórmula, en Madrid el PP hubiera obtenido 2 senadores en 2016, el tercer senador hubiera sido para el PSOE y el cuarto para Unidos Podemos, puesto que la candidata de la coalición morada obtuvo 10.000 votos menos que el candidato socialista más votado pero 46.000 votos más que la segunda candidata socialista.
Si tomamos como referencia los resultados de las elecciones de junio de 2016, este pequeño cambio tendría un notable impacto en la distribución global de escaños puesto que garantizaría que ninguna fuerza política obtuviera más de un 50% de los senadores de cada provincia. Una garantía de proporcionalidad imprescindible para mantener un sistema mínimamente equitativo en un entorno multipartidista como el que existe hoy en España.
Gráfico 1. Proyección de resultados con voto limitado a 2 senadores.

Como se puede apreciar en el gráfico, el PP perdería 34 senadores (de 127 a 93), el PSOE ganaría 31 (de 43 a 74) y Unidos Podemos pasaría de 15 a 20 electos, mientras que el PNV perdería un senador en favor de Podemos, y la antigua Convergència ganaría dos senadores en detrimento de ERC.  Pero lo más relevante sería que ninguna fuerza política, ya sea el PP en Navarra o ERC en Girona, pudiera obtener el 75% de los escaños con el 30% del voto, o menos.
Esta reforma beneficiaría claramente a la segunda fuerza en cada una de las provincias, aunque este es el precio a pagar si se mantiene un sistema de elección mayoritario como el actual, y a la espera de la necesaria reforma constitucional que redefina las funciones y el sistema de elección de la cámara territorial.
En el “mientras tanto”, esta reforma reduciría la sobrerrepresentación del PP, e incrementaría la representación de PSOE y Podemos y probablemente también de Ciudadanos, si se confirma el crecimiento registrado en la última encuesta del CIS.  Según las proyecciones, el partido de Albert Rivera podría ser segunda fuerza en hasta 12 provincias de Castilla y León, Castilla-La Mancha, Aragón y la Comunidad Valenciana. En ese caso, la pérdida del tercer senador del PP podría dar a Ciudadanos una veintena de senadores y dejar al PSOE con un incremento limitado.
En conclusión, esta reforma electoral no sólo crearía un Senado más representativo de la pluralidad política existente sino que podría beneficiar a las tres fuerzas políticas que tienen la mayoría suficiente para aprobarla… siempre que el presidente Mariano Rajoy no decidiera disolver las Cortes para evitar su aprobación. Incentivos no le faltarían.

diumenge, de desembre 17, 2017

21D: reconciliació o autodefensa?

En els darrers mesos s'ha parlat molt de la fractura social provocada pel procés i poc o molt poc de la fractura territorial. La principal fractura existent a Catalunya és entre les 30 comarques on el suport a la independència és clarament superior al 60% (arribant a fregar o superar el 80% a la Garrotxa i el Pla de l'Estany) i les comarques i municipis de la costa central on aquest percentatge és inferior al 40% o fins i tot al 30%. 




L'autèntica fractura es troba entre la Catalunya que ja viu desconnectada i la Catalunya que té por de la desconnexió, molt concentrada als municipis costaners entre Cambrils i Badalona, però que arriba fins a Sabadell i Terrassa. Alhora, en moltes d'aquestes ciutats, també es produeix una notable fractura territorial entre el centre (de majoria independentista) i els barris (molt refractaris a la independència). I és en aquestes ciutats on es jugarà el resultat de les eleccions de dijous 21 de desembre.

A Catalunya hi ha 22 ciutats que superen els 50.000 habitants. 18 son a la província de Barcelona, però les altres 4 (Lleida, Tarragona, Reus i Girona) també tindran un impacte important en el repartiment d'escons a les respectives províncies, especialment a Lleida i Tarragona. La ciutat de Lleida representa gairebé un terç del cens electoral de tota la província i la suma de les ciutats Tarragona i Reus quasi un 30% del cens electoral provincial.





I què va passar l'any 2015 en aquestes ciutats?

Quan es parla del baix suport a la independència a l'àrea metropolitana de Barcelona, sovint s'oblida que la comarca de Catalunya on la suma de Ciutadans i PP va obtenir un millor resultat fa dos anys va ser el Tarragonès, amb un 36%. A les ciutats de Tarragona (26%) i Reus (23,7%) Ciutadans va obtenir un percentatge de vot superior que a Hospitalet, Sta. Coloma de Gramanet o Cornellà. Una dada que l'independentisme tarragoní tendeix a oblidar.

A Lleida, el resultat de Ciutadans va ser notablement menor (18,5%) però amb una participació també notablement més baixa, d'un 73%. De fet, entre les 22 ciutats més poblades de Catalunya, Lleida va ser una de les tres on es va enregistrar una participació més baixa, al costat de L'Hospitalet de Llobregat i Sta. Coloma de Gramanet.

Qui va guanyar les eleccions de 2015 a les principals ciutats de Catalunya?

Junts pel Sí va ser la primera força en 14 d'elles, però només en 3 de les 22 principals ciutats catalanes el vot a les dues candidatures independentistes va superar el 50%: Girona, Manresa i St. Cugat del Vallès. En la majoria (12) l'independentisme no va arribar al 40% i en 5 va obtenir menys del 25% dels vots: L'Hospitalet, Sta. Coloma, Cornellà, Viladecans i El Prat de Llobregat.

L'any 2015, Ciutadans va ser primera força en 6 ciutats (L'Hospitalet, St.Boi, Rubí, Castelldefls, Viladecans i El Prat, i el PSC ho va ser en 2 (Sta. Coloma i Cornellà).

Ara bé, amb els percentatges de vot obtinguts per Junts pel Sí, no sembla aventurat pensar que el 21-D, en la majoria de ciutats (15) la primera força serà Ciutadans o el PSC, incloent Terrassa, Sabadell, Badalona i Mataró. Només en 6 de les 22 es mantindrà una força independentista al capdavant: Girona, Manresa, St. Cugat, Vilanova i la Geltrú, Granollers i... Barcelona?  Lleida és dubte, en funció de la participació i de la nova correlació de forces entre ERC i JxCat d'una banda, i C's i PP de l'altra.

Barcelona, però, és un cas a part. El suport a l'independentisme a la ciutat de Barcelona l'any 2015 va ser clarament superior al que es va registrar a l'entorn metropolità. De fet, a Barcelona el suport a la independència (47,2%) va ser entre 6 i 7 punts superior que a Sabadell (41,6%) i Terrassa (39,9%). Percentatges que sovint també obliden els independentistes vallesans.

Una de les particularitats de Barcelona és que en dos districtes, l'Eixample (55,2%) i Gràcia (60,6%) es van registrar suports a la independència similars als de Girona  o St. Cugat i només en un (Nou Barris) el suport va ser tan baix com el de l'àrea metropolitana. Tanmateix, serà interessant veure què passa ara a districtes com Sarrià-St. Gervasi i Les Corts, que van fregar el 50% de vots independentistes gràcies al gran resultas de JxSI. Es mantindrà aquest suport després de comprovar les conseqüències econòmiques del procés?

De l'orientació del vot en aquests dos districtes i del nivell de participació en els dos menys participatius (Nou Barris i Sants-Montjuïc) dependrà que ERC sigui o no la força política més votada a la capital.

Tanmateix, més enllà dels resultats finals el que es desprén de les tendències demoscòpiques és que a Catalunya falta voluntat de reconciliació i de reconstrucció entre la majoria de ciutadans. 

Avui la majoria, d'un costat o l'altre, votarà com a mecanisme d'autodefensa. Volen protegir-se dels altres. No podem dir ni tan sols que vulguin guanyar. En el fons, saben que no poden. Saben que el país està partit en dos. Però es volen defensar "dels altres".

Uns, els independentistes, tenien il·lusió i esperança de construir "un país nou" però ara només volen defensar-se dels que van decidir enviar la policia per aturar l'1 d'octubre i han engarjolat als seus líders. Volen defensar-se d'aquells que no reconeixen la seva voluntat de constituir un nou Estat, el seu "dret a decidir" marxar d'Espanya. I es senten menystinguts, com si fossin "ciutadans de segona".

Els altres, els no independentistes, volen defensar-se d'un moviment polític que els ha minoritzat i no els considera part del "poble català". Volen defensar-se d'uns dirigents polítics que han volgut trencar amb Espanya sense tenir-los en compte. Sense reconèixer el seu dret a ser catalans i espanyols alhora. S'han sentit menystinguts durant cinc anys i no volen perdre els seus drets com a ciutadans espanyols i europeus.

Uns i altres saben que no guanyaran. Però tampoc estan pensant en la reconciliació ni en la reconstrucció del país.

Uns i altres saben que només tenen una part de la raó però tenen por dels altres. Tenen por i votaran per defensar-se.

Hi ha dues Catalunyes molt polaritzades i l'espai del mig no sembla tenir prou força per impulsar una solució. Tanmateix la única sortida per als dos pols és que l'espai del mig vulgui articular una nova majoria social i política amb ells. La força de l'espai del mig serà determinant.

Hi ha dues Catalunyes que tenen por i al mig són pocs els que tenen esperança. Però sense esperança no hi ha futur. Sense esperança no hi ha reconciliació possible. Sense esperança no es pot reconstruir el país.

S'acosta el dia de les eleccions i s'acosten les festes de nadal. Ens desitgem bons auguris. Però tots tenim por dels mals auguris en forma d'enquesta que ens sobrevolen aquests dies com si fossin ocells de mal averany. 




dijous, de desembre 07, 2017

El triple fracàs de la política catalana (2005-2017)

La situació política a Catalunya és de bloqueig, i ho seguirà essent després de les eleccions al Parlament del 21 de desembre, si es confirmen els resultats que preveuen les enquestes i la majoria de partits polítics no modifiquen la seva estratègia política per adaptar-la a la realitat.

Davant d'aquesta situació de bloqueig, tornen a ressonar les paraules del President Josep Tarradellas: "A Catalunya no hi ha prou força per arribar a la independència i a la resta d'Espanya n'hi ha prou i de sobres per no permetre-la". Això era així fa 40 anys i ho segueix sent ara, com hem pogut comprovar.

La història ens ofereix moltes lliçons, si les volem escoltar. I una de les més importants, en aquests moments, és aquesta. Catalunya no té prou força per arribar a la independència. I no la té, en primer lloc, perquè no hi ha una àmplia majoria de catalans que la vulgui. I entre el menys del 50% que diuen voler-la, un bon nombre no està disposat a realitzar els sacrificis materials que suposa l'escenari d'un llarg i costós camí cap a la independència. Aquesta és la realitat del país. Els fets que sovint s'obvien sota les proclames que donen a entendre que el "poble de Catalunya" és un clam unívoc favorable a la independència.

Cal que comencem a analitzar el que ha passat a Catalunya des de la primera setmana de setembre i el que passarà en les eleccions del proper 21 de desembre en termes històrics per treure'n conclusions. El que ha passat a Catalunya els darrers tres mesos és el final d'un cicle llarg que comença amb l'aprovació de l'Estatut pel Parlament de Catalunya el 30 de setembre de 2005 i que ha posat de manifest un rotund fracàs de la política catalana.

Des de 2005, s'han produït dos processos polítics que ens han conduit a un triple fracàs. Dos processos jurídicament conduits per un personatge que ara, avui i aquí, ja podem qualificar de nefast per a la història política d'aquest país: Carles Viver i Pi Sunyer. Que, a més, la CUP l'arribés a proposar de president com a alternativa a Artur Mas la tardor de 2015 és una mostra més de fins a quin punt l'independentisme s'ha cregut les seves pròpies mentides, començant per la impostura de la "transitorietat jurídica".

El Sr. Viver ens va fer creure que l'Estatut de 2005 cabia a la Constitució i que, per tant, no calia modificar la Constitució per encabir-hi les demandes catalanes  (gran error que ens va conduir al primer gran fracàs) i ell ha fet creure als independentistes que el procés de desconnexió era jurídicament factible: es podia passar de la llei (espanyola) a la llei (catalana) gràcies a l'artefacte de la "Llei de transitorietat jurídica". Aquesta impostura ens ha portat al pitjor fracàs com a país dels darrers 80 anys.

En els dos casos hem vist com el paper ho aguanta tot, però la realitat no. Algú li hauria d'exigir explicacions, ara que porta mesos amagat.

Enumerem, doncs, aquest triple fracàs de la política catalana:

  • ha fracassat en l'intent d'obtenir més autogovern;
  • ha fracassat en l'objectiu d'assolir un encaix a Espanya que ens permetés influir en la seva governació;
  • i ha fracassat en l'objectiu d'assolir un Estat independent.

Un triple fracàs que ens ha conduit al cul de sac on ens trobem avui:

  • amb un país dividit, territorialment i socialment;
  • amb unes institucions d'autogovern intervingudes després d'haver proclamat la independència sense empara legal ni reconeixement internacional,  
  • havent perdut bona part del poder econòmic català, que ha fugit del país a la recerca d'entorns més estables;
  • i sense cap mena d'interlocució vàlida ni amb les institucions de l'Estat ni amb les institucions europees.

I com hi hem arribat fins aquí? Amb una barreja de candidesa popular, impostura jurídica i cinisme polític.

La barreja d'aquests tres elements ha fet implosionar el catalanisme: primer se'n va fer fora el PSC -per no acceptar la consulta del 9-N tal com estava plantejada- després a ICV -per no abraçar la causa independentista després del 9-N;  i tot seguit a Unió, per no voler assumir el full de ruta de l'independentisme. Els nous actors -Podem i els comuns- han sigut accidentalment acceptats "només si" combregaven amb el canviant full de ruta.

Quina ha sigut la conseqüència d'aquest triple fracàs?

L'emergència de Ciutadans, una força política aliena al catalanisme nascuda el 2006 a l'empara de la crisi estatutària. L'ascens de Ciutadans, materialitzat a les eleccions al Parlament de 2015 i que ara es pot consolidar, no és altra cosa que un producte d'aquest fracàs. Fracàs del catalanisme per representar als catalans que no se senten nacionalment catalans. Fracàs en la creació d'un sistema de govern eficaç i eficient. Fracàs d'una classe política que no ha sabut representar bé la pluralitat social i nacional d'aquest país.

Si el catalanisme s'havia caracteritzat per la seva capacitat de "fabricar catalanistes" entre persones d'orígens diversos, l'independentisme s'ha caracteritzat per la seva capacitat de "fabricar espanyolistes". Ja ho va dir José María Aznar "Antes que España, se romperá Cataluña".

En aquest context, ni l'emergència efímera d'En Comú Podem a les eleccions generals de 2015 i 2016 ha pogut aturar el procés que ha portat a la fractura de la societat catalana.  El fracàs dels comuns per liderar una alternativa a partir de l'èxit sense precedents que van suposar les seves dues victòries, ens posa davant d'una altra evidència: l'intent de reconstruir la política catalana a partir de la idea del referèndum ha sigut percebut com una evolució del "processisme" incapaç d'erigir-se com alternativa.

El referèndum ens ha acabat portant a un nou cul-de-sac, a una nova derrotaL'independentisme  ha portat Catalunya de derrota en derrota, fins a una victòria final que mai no arriba, ni arribarà.

Què cal fer doncs? 

Cal més política i menys ideologia. Més política i menys fonamentalisme democràtic. En determinats moments, com va assenyalar fa més de quatre dècades el politòleg Bernard Crick, "cal defensar la política fins i tot davant la democràcia".

Hi ha conflictes que no es poden resoldre democràticament. S'han de resoldre políticament i, després, legitimar la solució democràticament.  

El que ens cal, com a país, és trobar solucions a l'encaix de Catalunya a Espanya. Solucions pragmàtiques, que ara ja sabem que no vindran d'Europa. Ara ja sabem que Angela Merkel no agafarà el telèfon i imposarà una solució a Mariano Rajoy. Hi ha problemes més importants que aquest.

La solució de convertir-nos en un Estat de la Unió ha sigut descartada per les institucions comunitàries i els grans estats europeus. La solució no serà europea. La solució serà espanyola o no serà.

Per tant, la solució passa pel compromís. I per això el més important no és què passarà el 21-D sino com es gestionarà el resultat del 21-D.

El que està en joc en aquestes eleccions és si l'independentisme encara pot liderar el país, o no.  I si no el pot liderar, qui ho farà? Miquel Iceta està preparat per fer-ho, però l'han d'acompanyar els resultats. 

Ara bé, cal no perdre de vista que qualsevol solució no passa només pel pacte entre forces polítiques catalanes. La solució passa per un pacte amb el govern d'Espanya. És a dir, ha d'incloure el Partit Popular.

La història ens ofereix una lliçó fonamental, que ens recordava J.M. Bricall a Memòria d'un silenci: "no arribar a un acord amb Espanya ha acostumat a significar una derrota per Catalunya". I això ha estat així perquè els catalans sempre hem estat sols en la defensa del nostre autogovern.

Tarradellas havia entès que "tots els intents històrics d'internacionalitzar la reivindicació d'autogovern de Catalunya s'havien saldat en fracassos". Per tant, no podíem aspirar a que altres, nord enllà, ens solucionessin el nostre problema. El problema català és un problema espanyol i només es pot resoldre amb un acord entre les institucions catalanes i les institucions espanyoles.

Ara ja sabem el preu del no acord. El preu del no acord ha sigut una derrota sense pal·liatius: la intervenció sobre les institucions i la pèrdua de poder econòmic i financer. Per tant, si volem trobar solucions, no hem d'oblidar que qualsevol solució per Catalunya, per a ser duradora, s'ha de pactar amb la dreta espanyola. La pau es fa amb l'enemic, no amb l'aliat. L'aliat ens pot ajudar a trobar un compromís, però la pau s'ha de signar amb l'enemic. I sovint només es signa després de la derrota. La pau es signa per obligació del vençut i realisme del vencedor (que busca una pau duradora).

L'enrocament de l'independentisme, amb l'estratègia rupturista dels darrers dos anys, ens ha portat a la derrota. I ara que l'Estat ja ha vençut, potser -només potser- podríem arribar a un compromís.

Com deia José María Aznar en la seva etapa com a president "primero se gana, luego se pacta". Aquesta és la lògica del poder. Una lògica que l'independentisme, amant de les performances i de les astúcies sense fi, sembla seguir sense entendre.


dijous, de novembre 30, 2017

Un presidente para Europa

Artículo publicado en el monográfico "Cómo la UE puede volver a enamorar" de Beers and Politics en noviembre de 2017
El debate sobre el déficit democrático de la Unión Europea es antiguo, pero se ha centrado mayoritariamente en la falta de control democrático de las decisiones tomadas por la Comisión Europea o por el Consejo de la Unión. Por ello, las sucesivas reformas de los tratados han hecho hincapié en el mayor control del Parlamento Europeo de las decisiones tomadas por el Consejo e implementadas por la Comisión, a través de la ampliación del proceso de codecisión entre Parlamento y Consejo, y de las facultades de control del Parlamento sobre la Comisión.
Este modelo se ha sustentado en la voluntad de avanzar hacia una progresiva “parlamentarización” del sistema europeo, creando una lógica de checks and balances entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo. Así, se ha avanzado siempre bajo la premisa de que el déficit democrático de la Unión sólo podía subsanarse dotando de mayores poderes al Parlamento, que al fin debería poder elegir al Presidente de la Comisión y a su “gobierno”, así como en los parlamentos nacionales las mayorías surgidas de las elecciones parlamentarias conforman una mayoría que da apoyo al gobierno nacional.
La máxima expresión de esta dinámica fue la elección parlamentaria del presidente Juncker en 2014, tras una campaña electoral europea caracterizada por la novedad de los spitzenkandidaten, los cabezas de lista europeos de las cinco principales fuerzas políticas del continente: populares, socialistas, liberales, verdes y la izquierda europea. Jean Claude Juncker, Martin Schulz, Guy Verhofstadt, Ska Keller y Alexis Tsipras protagonizaron la primera campaña electoral paneuropea de la historia. Sin embargo, esta estrategia de personalización de la política europea no tuvo impacto en la participación electoral –que quedó estancada en el 43 %– ni su mensaje consiguió llegar a la mayoría de ciudadanos europeos.
La campaña de los spitzenkandidaten fue una excelente estrategia de los grupos políticos en el Parlamento Europeo para condicionar la elección del Presidente de la Comisión. Y fue una estrategia ganadora, puesto que finalmente fue elegido presidente el líder del partido más votado y con más escaños en las elecciones al Parlamento Europeo, Jean Claude Juncker, pero no consiguió acercar la política europea a los ciudadanos. Sólo en algunos casos, como en Alemania –donde la batalla entre Juncker y Schulz tuvo un amplio eco mediático–, la participación electoral se incrementó significativamente.
El resultado de las elecciones de 2014 y la dificultad del presidente Juncker para desarrollar su propia agenda política ponen en evidencia cómo la “parlamentarización” del sistema europeo ha topado una y otra vez con la lógica aplastante de la legitimidad del Consejo Europeo, formado por líderes elegidos todos ellos democráticamente en sus respectivos países. La iniciativa de vincular las elecciones al Parlamento Europeo a la elección del presidente de la Comisión no ha resultado exitosa porque ha pretendido unir dos legitimidades débiles, la del Parlamento y la de la Comisión.
La Comisión Europea no es percibida por los ciudadanos como el gobierno de la Unión sino como el brazo ejecutor del auténtico gobierno de la UE, que es el Consejo Europeo, y el Parlamento Europeo tampoco es percibido como el órgano que puede controlar ese gobierno. Por ello, todo proceso de legitimación de la presidencia de la Comisión que provenga del Parlamento Europeo no le ayudará a reforzar su posición en el entramado institucional de la Unión ni su autoridad política ante los ciudadanos.
En este contexto, si el auténtico gobierno de la Unión es el Consejo Europeo, formado por los jefes de Estado o de gobierno de los países miembros –donde además está muy claro quién manda– lo que nos deberíamos de plantear es como dotar a este “gobierno” de una legitimidad democrática directa.
El Consejo Europeo ya tiene hoy una legitimidad democrática indirecta, en la medida que todos sus miembros han sido elegidos por sufragio universal directo –como el presidente francés– o por sus parlamentos nacionales, tras unas elecciones donde se presentaron como candidatos a la presidencia del gobierno. Pero el Consejo Europeo no goza de la auctoritas de una elección democrática directa por parte de todos los ciudadanos europeos.
El actual sistema institucional de la Unión se asemeja más al sistema semipresidencialista francés que a los sistemas parlamentarios que funcionan en la mayoría de los países europeos. En el sistema institucional de la Unión, el peso político reside en el Consejo Europeo, que ejerce de “jefe de estado colectivo”. En este sistema, la Comisión ejerce un rol secundario, como brazo ejecutivo de este “jefe de estado”, de la misma forma que en el sistema francés el gobierno y su primer ministro gozan de una legitimidad “delegada” de la presidencia de la República, que nombra directamente al primer ministro e incluso a algunos de los ministros más relevantes. El gobierno debe tener una mayoría parlamentaria, evidentemente, pero esa mayoría es deudora del presidente de la República, excepto en los casos de “cohabitación”, que han desaparecido desde 2002 gracias al cambio constitucional que redujo el mandato de la presidencia de la República para adaptarlo al mandato de la Asamblea Nacional. Y es así como funciona hoy el sistema político europeo, con un Parlamento débil y una Comisión subordinada a quien ostenta realmente el poder político: el Consejo Europeo.
Ante esta realidad, que no ha hecho más que consolidarse progresivamente en los últimos diez años, cabe preguntarse cuál es la mejor manera de democratizar la toma de decisiones en la Unión: parlamentarizar el sistema intentando rebajar el poder político del Consejo Europeo, o reforzar la presidencia del Consejo a través de su elección democrática directa.
En mi opinión, es más fácil y eficaz la segunda opción que la primera, como nos muestra también la experiencia de la V República francesa. Cuando se promulgó la constitución, en 1958, el presidente no era elegido por sufragio universal, sino a través de la elección conjunta de las dos cámaras, la Asamblea y el Senado. La primera elección de Charles De Gaulle como presidente se realizó con este método de elección indirecta y no fue hasta siete años después, en 1965, cuando se celebraron las primeras elecciones presidenciales por sufragio directo, gracias a una enmienda constitucional promovida por el propio presidente De Gaulle. Esas elecciones, las de 1965, fueron realmente las elecciones fundadoras del actual sistema político francés, y las que dotaron definitivamente la presidencia de la República del carácter que ha tenido durante los últimos 52 años. Sin ese cambio constitucional, los presidentes que hubieran sustituido a De Gaulle nunca hubieran gozado de la autoridad y el margen de maniobra política que han tenido. Y de ese modelo de democratización de la elección del presidente de la República francesa podemos sacar conclusiones de cómo dotar de una nueva legitimidad al gobierno europeo, para que pueda tener el impulso político necesario por encima de los gobiernos nacionales, convirtiéndola en una presidencia supra partes.
La elección de una presidencia estable del Consejo Europeo, ejercida por Herman Van Rompuy, entre 2009 y 2014, y por Donald Tusk, desde diciembre de 2014, ha permitido “europeizar” el Consejo, y podría ser un primer paso hacia la legitimación democrática de sus decisiones a través de la elección por sufragio universal directo de su presidente, que ejercería de Presidente de la Unión.
Con el cambio establecido en el Tratado de Lisboa se ha hecho lo más difícil: “desnacionalizar” la presidencia del Consejo, eliminar su carácter rotatorio y convertir su figura de un primus inter pares a un primus supra partes. Su elección por sufragio universal le dotaría de la legitimidad necesaria y transformaría por completo el sistema político europeo.
Esta propuesta quizá choca con el wishful thinking comunitario, que tiende a considerar que sólo la “parlamentarización” y la “comunitarización” del sistema europeo pueden mejorar su eficiencia y legitimidad. Pero la propuesta de democratización de la presidencia del Consejo es la que más se adapta a la estructura de poder institucional de la Unión, y permitiría crear una figura que representara plenamente la unidad europea como contrapeso a la diversidad de intereses nacionales e ideológicos representados por el Consejo y el Parlamento. El nuevo presidente personalizaría la unidad en la diversidad: e pluribus unum.
Un presidente fuerte pero con un mayor contrapeso de los estados y del Parlamento que cualquier primer ministro nacional europeo, en la medida que los tres gozarían de una legitimidad similar. De la negociación entre el presidente, que legítimamente representaría los intereses de la Unión, los gobiernos nacionales, representando los intereses nacionales, y el Parlamento, representando los intereses y valores ideológicos y partidarios, surgiría un sistema más equilibrado que el actual y, sin duda, con mayor legitimidad democrática.
Las elecciones a la Presidencia de la Unión permitirían la articulación de nuevas mayorías políticas transversales, desde el punto de vista nacional e ideológico, que posibilitarían nuevas lógicas de acción transeuropeas, con programas de acción concretos y la personalización de los programas políticos a través de liderazgos genuinamente europeos, que harían campaña en todos los países de la Unión ganándose el apoyo de partidos políticos, organizaciones sociales y medios de comunicación.
Unas elecciones de este tipo serían realmente fundadoras de un nuevo sistema político, de una nueva democracia, que trascendería las dinámicas nacionales y dotaría a los ciudadanos europeos de una nueva referencia política.
La elección del presidente Emmanuel Macron en mayo de 2017 puso de manifiesto que es posible ganar una elección por sufragio universal directo con un programa claramente europeísta y reformador en un país con una opinión pública con fuertes tentaciones euroescépticas, e incluso eurófobas. Demostró también que los símbolos europeos, como la “Oda a la Alegría” de Beethoven y la bandera de las doce estrellas, pueden ser catalizadores de un impulso político renovador. Y su puesta en escena la noche electoral del 7 de mayo delante de la pirámide del Louvre nos dio una idea de lo que podría significar la elección de un presidente de Europa por sufragio universal directo.
El proyecto europeo ha superado los años más convulsos de sus sesenta años de historia, pero sigue teniendo un grave problema de legitimación. La UE necesita convertirse en una fuerza de cambio democrático si quiere sobrevivir a la crisis de las democracias nacionales y dar una respuesta positiva al trilema político de la globalización enunciado hace una década por Dani Rodrik. La elección de la presidencia de la UE por parte de 350 millones de ciudadanos europeos podría ser una idea catalizadora de los cambios que Europa necesita para convertirse en un sistema político más democrático y más eficaz.  

dissabte, de novembre 25, 2017

La solució Iceta: la política com a solució

Intervenció a la #Marató21D organitzada per Ideograma a la Fàbrica Lehmann dissabte 25 de novembre de 2017.

Les eleccions del 21 de desembre, per si soles, no solucionaran el laberint català. No hi ha una "solució democràtica" al conflicte polític actual. Només hi pot haver una "solució política". Sense un replantejament polític de totes les forces, i especialment d'ERC i del PDCat, no hi ha sortides viables al laberint.

A Catalunya hem posat el carro (el poble) davant dels bous (els líders polítics). I així resulta impossible avançar.

La democràcia, en un país dividit, porta al bloqueig. La democràcia no ho pot tot. L'expressió de preferències, per si sola, no resol el conflicte.

La democràcia necessita la política per resoldre els conflictes. 

Com va deixar escrit el politòleg Bernard Crick a "En defensa de la política": "La democràcia, si es concep aïllada i com una qüestió de principi, significa la destrucció de la política".

Primer cal arribar a acords, i després votar-los. No es pot sotmetre a votació un desacord.

I en això consisteix la solució Iceta, en posar la política primer. En posar els dirigents polítics a estirar del carro, i no a córrer darrere seu ni a posar-li pals a les rodes.

Aquest és el principal punt fort del PSC. Iceta és l'únic candidat que aposta per fer política. És a dir, que assumeix el "mandat democràtic" com un "mandat representatiu" i no com un "mandat imperatiu". Els ciutadans votaran, però un cop expressades les diferències, caldrà negociar.

Els ciutadans de Catalunya el 21-D elegiran 135 representants i cap grup polític obtindrà la majoria absoluta. Per tant, caldrà negociar. I negociar més enllà dels imperatius democràtics que fins ara tots s'han imposat. Negociar de forma transversal, entre independentistes i no independentistes, entre dreta i esquerra. Sense negociació, sense política, no hi haurà solució.

I es aquí on apareix el PSC, que és l'únic partit amb capacitat d'atracció sobre les tres grans bosses de votants indecisos i que dubten: l'electorat de centre que se sent més català que espanyol, l'electorat d'esquerres tan català com espanyol, i l'electorat de centretan català com espayol. L'únic partit que té frontera amb l'electorat de C's, dels comuns i del PDCat.

El PSC està en situació de convertir-se en el "circumcentre" del triangle polític en què s'ha convertit la política catalana. Un triangle escalè, amb tres costats (l'independentisme, el centre-dreta espanyolista i l'esquerra federal) de mida diversa, que només poden tenir un punt central en comú.

El PSC és l'únic partit polític que es pot situar en el "circumcentre" de les mediatrius dels tres grans espais polítics que segueixen existint a Catalunya i que van quedar clarament definits a les eleccions al Parlament de 2015: l'independentisme -que va obtenir un 47,8% dels vots-, el centre-dreta espanyolista -que va obtenir un 26,4%- i l'esquerra federal -que es va quedar en un 21,7%, el seu pitjor resultat en termes històrics.

Si el PSC es recupera en aquestes eleccions i l'esquerra federal torna a superar al tàndem C's-PP, la solució Iceta estarà més a prop. Caldrà, però, que el PSC obtingui un resultat que el torni a situar en l'escenari de 2010, per sobre el 18% del vot, amb 27/28 diputats, i avançant a Ciutadans. És a dir, 18 diputats per Barcelona, 4 per Tarragona, 3 per Girona i 2/3 per Lleida.

Un resultat que es jugarà en la capacitat d'increment a les quatre circumscripcions, i no només a Barcelona. Tot i que en termes de vots absoluts seran claus el Baix Llobregat, el Vallés Occidental, L'Hospitalet i Badalona. És aquí on es jugarà la particular batalla entre PSC i C's per ser la primera força en bona part d'aquests municipis.

També a Terrassa, que pot ser una metàfora del moment actual de la política catalana. L'alcalde socialista, Jordi Ballart, va dimitir i va abandonar el PSC en desacord pel suport a l'aplicació de l'article 155. Però pocs dies més tard, el consistori elegia un nou alcalde socialista, Alfredo Vega, perquè no hi havia alternativa. PDCat i ERC van ser incapaços de teixir una aliança amb els comuns, tot i el context, amb el terrassenc Josep Rull a la presó. I si el 21-D el PSC és la primera força a Terrassa?

L'efecteTerrassa ens pot donar pistes de com s'està teixint la "solució Iceta".

dimecres, de novembre 01, 2017

El procés, el poder i les lliçons de la revolta de 1640.

"El millor profeta del futur és el passat"
Lord Byron

Segons Jaume Vicens Vives, amb el poder -representat pel minotaure- "hi ha pobles que hi estan familiaritzats, altres que no saben com fer-s'hi" i "aquest darrer és el cas històric de Catalunya". En la seva interpretació històrica -que comparteixo- els catalans patim "una decepció històrica sensacional: la d'un poble que es troba sense voluntat de poder, sense ganes d'ocupar-ne el palau i de manejar-ne cap de les palanques". No manquen raons històriques que ho expliquen, segons Vicens: després d'haver construït un imperi en l'època medieval  "els catalans teníem una llarga experiència del poder en la seva forma minvant, i quan començà a reviscolar-se li paràrem els peus fent triomfar i reconèixer el pactisme. Amb això ens acontentàrem". I anàrem fent, durant els segles XVI i XVII, amb un notable grau de sobirania però havent perdut ja totes les palanques del poder.

Segons Vicens amb les seves institucions pròpies, que exercien de "pantalles" en relació al poder central i "n'interceptaven l'accés", "els catalans es gronxaven en la més absoluta ignorància de l'Estat i dels ressorts del poder", "esporuguits davant l'Estat llunyà, però satisfets amb les engrunes de la menjadora que són les grans institucions catalanes"

Però com ens recorda també Vicens Vives "la història no perdona ni un instant de retard, i quan hom se n'oblida, retorna amb força. I a Catalunya ho féu sota la forma de l'Estat de Felip V i la Nova Planta". No vam voler exercir el poder, però la història té les seves pròpies lleis i el poder s'exercí sobre nostre amb tota la seva cruesa. Això és el que ens va passar als segles XVI i XVII, els segles de la decadència, en què manteníem formalment l'autogovern a través de les nostres institucions, un notable grau de sobirania -també fiscal evidentment- però ja no teníem cap mena de poder real. Ens pot tornar a passar ara el mateix?

Els catalans hem tingut sempre -o com a mínim, des del segle XV- una relació distant amb el poder. Hem volgut sempre un bon monarca, que regnés però no governés, que ens deixés fer. El pactisme català d'abans del 1714 es transformà en el catalanisme de finals del segle XIX que ha perviscut fins als nostres dies com a "voluntat d'autogovern", tant en el catalanisme conservador com en el catalanisme d'esquerres.  Ni un ni l'altre han tingut veritable "voluntat de poder". Han volgut governar el país, però pactant amb el poder sobirà que manava a Madrid: fos aquest el monarca o unes Corts elegides democràticament. El Conde de Romanones, el gran "hacedor" de majories parlamentàries durant l'època de la Restauració ho van entendre perfectament a la segona dècada del segle XX, quan es posà en marxa la Mancomunitat: "ahora ya entiendo en qué consiste el catalanismo: en que les dejemos hacer!" va dir en una visita a Catalunya quan Prat de la Riba li mostrava la recentment estrenada Escola Industrial...

Durant tot el segle XX hem buscat el mateix: autogovern sota la Corona, o sota la Constitució. Una institució de govern catalana, la Generalitat, vinculada directament al poder central, amb qui poder negociar bilateralment i sota l'empara monàrquica i/o constitucional, un "pactisme" contemporani.  De fet, no és això el que en el fons buscaven els partidaris del "dret a decidir" i l'Estat propi que no eren obertament independentistes? No era això el que buscava el President Mas? Pactar, pactar i pactar. 

Mai els catalans hem exercit veritablement el poder i, fins i tot quan l'hem tingut a les nostre mans -com després de la revolta de 1640- ens hem apressat a buscar un nou sobirà amb el qual "pactar": en aquell cas, el rei de França. Catalunya, però, mai no va tenir la voluntat d'exercir el poder convertint-se en una república aristocràtica a l'estil venecià -com hagués pogut ser el cas al s.XV- ni mantenint la independència de la república proclamada per Pau Claris l'any 1640.  És potser això el que volíem fer ara, buscant "l'empara" de la Unió Europea?

Les lliçons de la revolta de 1640

La revolta catalana del segle XVII va ser un procés subversiu molt complex però ens pot servir per aportar llum a la situació actual. Segons Vicens Vives, "la revolució catalana del segle XVII fou un espectacle d'un extrem confusionisme: guerra patriòtica, guerra civil i revolució social, lluita internacional" que tingué com a conseqüència que "la política catalana anà a la deriva durant vint anys."

Al segle XVII els catalans vam intentar mantenir els nostres furs, les nostres regles basades en el pactisme. Volíem ser sobirans i vam descobrir amb duresa com les gastava el poder de veritat, el poder dels monarques absoluts. I llavors, vam dir prou: "Abans d'arribar a la catàstrofe, la burgesia catalana intentà negociar" -explica Vicens- i "els pactistes feren un front comú, en el qual la ciutat de Barcelona, amb els seus gremis, prengué un lloc d'avantguarda" (us sona?) "però la política del moviment la traçaren els canonges i els cavallers d'Urgell", avui diríem "l'agit-prop independentista i els alcaldes de l'AMI".

La revolta de 1640 va acabar amb la independència en relació a Espanya però ens vam llançar a les mans dels reis francesos, creient que hi trobaríem protecció. L'aventura amb prou feines va durar una dècada i aviat els catalans van considerar que, mal per mal, millor tornar a pactar amb el rei d'Espanya.

Per què? Doncs potser perquè el que els catalans criticaven de la monarquia espanyola era una característica compartida amb les altres grans monarquies europees. Per tant, la frustració amb França fou la mateixa que s'havia produït amb Espanya, però pitjor, en la mesura que les esperances dipositades van fer la decepció encara més gran.

L'status institucional que demanàvem els catalans anava contra el signe dels temps. Potser com ara, reclamant una sobirania nacional que ràpidament ens decebria en descobrir que es mana tant o més des de Brussel·les del que es mana des de Madrid. Amb Estat propi potser descobriríem que el control dels pressupostos nacionals per part de la Comissió Europea és tant o més estricte del que exerceix el govern espanyol sobre els governs autonòmics. Ara, com al s.XVII, el que critiquem de l'Estat espanyol és característica comuna de l'Europa comunitària.

Així doncs, després de 12 anys de revolta, l'any 1652 els catalans tornàrem -quasi voluntàriament podríem dir- a la sobirania espanyola mantenint els nostres furs i constitucions. Però no poguérem evitar l'enorme influència econòmica i militar dels francesos al Principat després del Tractat dels Pirineus, el 1659, perquè els francesos no només es van  quedar amb el Rosselló i la Cerdanya, sinó que es van creure amb el dret d'envair-nos en dues ocasions a finals de segle. És a dir, no només vam tornar a Espanya sinó que vam quedar "atrapats" entre la "sobirania espanyola" i el "poder de França". És comprensible, doncs, que en esclatar el conflicte per la successió de la corona d'Espanya l'any 1701 anéssim contra els borbons francesos, perquè ja havíem après com les gastaven a l'altra banda dels Pirineus. Ens podria tornar a passar el mateix ara?

La independència avui només es podria obtenir si li interessés a alguna de les grans potències europees. A qui li interessa una Espanya debilitada i una Catalunya "satel·litzada"? Quid pro dest? Aquest mes d'octubre de 2017 ja hem vist que no interessa a ningú,ni tan sols a Rússia, encara que la causa catalana li serveixi per fer agit-prop.

El "poder europeu" no està interessat en la independència de Catalunya, ni ho estarà. I els catalans, després de l'aventurisme del Govern Puigdemont -que ha arribat a l'esperpent amb l'escapada a Brussel·les- acabarem tornant capcots a recuperar el nostre espai dins l'ordre constitucional espanyol, com vam fer el 1652, quan Felip IV va fer la pau amb els catalans.  Ens van tornar les nostres institucions de govern i vam seguir a Espanya com si res hagués passat, 40 anys més, fins que la successió del rei Carles II va tornar a obrir la caixa dels trons.

Ara bé, com va escriure Vicens Vives a Notícia de Catalunya "tot plegat hauria estat com un pas còmic, si la revolució del 1640 no hagués fet covar un recel fonamentat entre catalans i castellans i no hagués establert una divisòria entre dues menes de catalanitat: la patriòtica i la col·laboracionista."

dissabte, d’octubre 28, 2017

Els catalans i el poder


Una de les principals característiques de la catalanitat, tant en l'opinió de Josep Ferrater Mora com de Vicens Vives és la "continuïtat", o la "voluntat d'ésser". És  a dir, la voluntat de perviure a través del temps, de donar continuïtat a la nació, d'enllaçar una generació amb una altra. La "voluntat d'ésser" seria el nostre "mòbil primari", el "primer ressort de la psicologia catalana".

I això és bastant cert. Els catalans hem sigut sempre el que hem volgut ser. Fins i tot, en els temps més durs. Vam patir la dictadura de Primo de Rivera, que va posar fi a la Mancomunitat, però els catalans vam organitzar amb èxit l'Exposició Universal de 1929 a Barcelona, vam començar la construcció del Metro, i vam seguir construint un entramat associatiu i polític que ens va permetre forçar l'adveniment de la República, autogovernar-nos a través de la Generalitat i participar de forma decisiva en la majoria de governs de la segona República Espanyola. També sota la dictadura franquista, els catalans vam seguir el nostre camí. Tot i les adversitats, la "voluntat d'ésser" va triomfar, tant en l'àmbit econòmic com en l'àmbit polític i cultural. Els catalans vam liderar el creixement econòmic del país, amb grans empreses catalanes i noves infraestructures, alhora que refèiem el teixit cultural i organitzàvem unes elits polítiques que ens van permetre restablir l'autogovern i participar decisivament en la transició política espanyola a partir de 1977.

Els catalans tenim, doncs, de forma inqüestionable "voluntat d'èsser". Però tenim "voluntat de poder"? O més aviat ens hem caracteritzat per una forta "voluntat d'ésser" que s'ha encaminat a "pactar" amb el poder? Per sobreviure n'hi ha prou amb la "voluntat d'èsser", com ha demostrat abastament el poble jueu. Però per tenir capacitat d'influència i de regir el propi destí, cal "voluntat de poder". La necessiten els líders i els partits polítics, així com les classes i grups socials -siguin majoritaris o minoritaris- que aspiren a governar un país. I també la necessiten els pobles que volen ser sobirans. Però els catalans hi estem poc avesats al poder. Fins i tot ens costa definir-lo.

De fet, si consultem un diccionari anglès descobrirem que  el poder és "la capacitat per fer coses" o més concretament "l'habilitat per aconseguir els resultats que un vol". 

També en castellà, la primera accepció del Diccionari de la Real Academia Española és "tener expedita la capacidad o potencia de hacer algo". Veiem que els espanyols vinculen el poder a la "capacidad expedita y a la potencia". Tota una declaració d'intencions.

En canvi, si mirem el diccionari de l'Institut d'Estudis Catalans trobem una definició menys clara:  "Facultat que posa en estat de fer alguna cosa". Ens diu "alguna cosa" com si no fos tan important aquesta "facultat", que a més no descriu com a "capacitat", que és un terme més clar i contundent. És més, el primer exemple de la definició ens diu "Usar algú malament del seu poder", com si això del poder fos una mala cosa. Però no només això. Si busquem les accepcions de "poder" no és fins a la cinquena i última que trobem la definició de "poder" vinculada a l'Estat:  "Autoritat de qui governa l’Estat. Conquerir el poder. Arribar al poder. Conservar, abandonar, el poder.", tot i que ràpidament ens torna a vincular el poder amb una mena de poder "Conjunt de forces de l'Estat. Poder militar" i no és fins a la darrera ratlla que trobem una definició vinculada a l'administració pública "Conjunt de funcions de l’Administració pública amb vista a dictar, executar i interpretar lleis, a dirigir l’administració del benestar públic i a sostenir l’ordre públic. Poder legislatiu, executiu, judicial". Tindrà raó Vicens Vives que els catalans no hi estem avesats al poder?

Els catalans parlem poc del poder, com si no en tinguéssim. I en parlem malament, com si fos una cosa dolenta, que no casa bé amb el nostre tarannà. Un llibre publicat per l'Hèctor López Bofill a l'inici del procés, es referia als "Poders catalans que frenen la independència". És a dir, que els poders -fins i tot si són catalans- són dolents perquè "frenen la independència". En cap moment del llibre es fa referència a d'altres "poders catalans" que puguin resultar més positius, per al país, o per la causa independentista. Cap ni un. Ni tan sols l'anomenat "quart poder",  els mitjans de comunicació, que a Catalunya han jugat i juguen un paper molt rellevant en el procés de "construcció nacional" i ara de "transició nacional".

Per López Bofill, els "poders" estan vinculats als que es creuen "els amos" del país, als "personatges del sector dels negocis", com si això de fer negoci també fos contrari a la catalanitat. El poder, per tant, està vinculat als "opressors", als "usurpadors" i als seus còmplices, als "catalans de Franco", fins al punt que López Bofill afirma que la seva tesi principal és que "l'estructura de poder de la Catalunya actual es va forjar el 26 de gener del 1939", data d'entrada de les tropes franquistes a Barcelona. Punt i final. Com si aquest país no tingués una història prèvia, com si La Caixa i la resta de Caixes d'Estalvis del país, o el Banc de Sabadell, no s'haguessin fundat a principis del segle XX, com si Catalana de Gas i Aigües de Barcelona no existissin abans de la guerra. Com si les grans famílies de la burgesia catalana començant pels Godó -que també cita- no provinguessin de la llarga saga d'industrials i polítics del segle XIX. Amb aquest argumentari, a qui li pot estranyar que quan s'ha volgut declarar la independència, la majoria d'aquestes empreses hagin marxat?

Però López Bofill no només fa trampa en la definició dels poders catalans, si no que es proposa "laminar" aquests poders. En la seva opinió, la laminació d'aquests poders "és un objectiu prioritari per al procés d'emancipació nacional" de manera que conclou que no es pot fer camí amb aquests poders catalans "ni que això sigui a costa d'enfonsar una possible font de riquesa que podria ajudar a construir el benestar del nou Estat català". És a dir, no només es proposa destruir els elements de poder econòmic que tenim com a país, sinó que afirma obertament que prefereix ser més pobre, renunciar a la riquesa que ens aporta aquest poder econòmic, per tal d'assolir la independència. Quina classe d'independentisme és aquest? De debò que estem disposats a ser més pobres per ser més independents? És aquesta mena de pensament el que ens ha portat a la situació que vivim l'octubre de 2017...

En resum, potser segueix tenint raó Vicens Vives quan deia que els catalans no hi estem avesats al poder. Perquè en aquest nostre estimat país sembla que els que menys hi estan avesats són, precisament, els independentistes. Però com es construeix un "nou Estat" sense instruments de poder? Ni ells ho saben. I per això la declaració d'independència del 27 d'octubre no tindrà cap recorregut. Sense voluntat de poder, sense instruments de poder, no es pot construir cap Estat.