dijous, de març 10, 2022

Guerra en Ucrania: la espiral de la irracionalidad

Esta semana Edgar Morin publicaba en su perfil de Twitter un comentario sobre la irracionalidad de la historia que debería hacernos reflexionar sobre determinados análisis que se hacen estas semanas sobre la invasión de Ucrania por parte del ejército ruso: “Plus on fait un diagnostic rationnel de l’histoire, plus on voit son énorme part d’irrationalité”

Las semanas anteriores a la invasión eran muchos los analistas que consideraban que la invasión no se produciría porque tendría consecuencias gravísimas para la economía rusa. La interdependencia de Rusia con el resto del mundo convertía la invasión en una opción “irracional” y por ello poco probable.

El pasado 24 de febrero nos dimos cuenta de hasta qué punto estos análisis erraban no en su diagnóstico, sino en su conclusión. Obviaban que la guerra nunca obedece a un cálculo racional.

La invasión es una decisión irracional desde el punto de vista de las consecuencias que tiene y tendrá para Rusia, como también lo es la resistencia ucraniana, puesto que cuanto más tiempo dure la guerra mayor destrucción se producirá en el país.

La guerra es irracional, como lo es la resistencia. Obedece a otros objetivos, a otras motivaciones, a otros propósitos.

¿Fue racional la decisión de Churchill de resistir a cualquier precio el ataque nazi en 1940, ofreciendo solo “sangre, sudor y lágrimas” a los británicos? ¿Fue racional la decisión de Hitler de violentar el pacto Ribbentrop-Mólotov de no agresión entre el III Reich y la Unión Soviética?

La guerra no es sólo la continuación de la política por otros medios, como afirmó Clausewitz, sino que supone la superación de la racionalidad política.

Por ello cabe preguntarse si las sanciones económicas decretadas por la Unión Europea, los Estados Unidos y otros países tendrán el efecto que se pretende. Las sanciones económicas se basan en la presunción de racionalidad de la respuesta rusa: para evitar un daño económico superior, detendrán la ofensiva. Pero si esta racionalidad no funcionó con las amenazas previas al ataque, ¿por qué debería funcionar ahora?

Y en este punto nos debemos preguntar: ¿Qué sucederá si ahora las sanciones tampoco funcionan? ¿Qué pasará si Putin se enroca y no vuelve a la racionalidad política y económica? ¿Iremos a la guerra con Rusia? Todos sabemos que no. Pero nos podemos encontrar atrapados en una espiral de irracionalidad.

Las sanciones económicas quizás tampoco son racionales para los países europeos. Las sanciones están provocando un fuerte incremento de los precios del petróleo y el gas, y si el Kremlin decide cerrar el grifo de los gasoductos incluso nos pueden conducir a la escasez de gas en el continente en un horizonte no muy lejano.

Las decisiones que se están tomando estos días son decisiones genuinamente políticas, e incluso de carácter moral: son una respuesta a la barbarie desatada por el Kremlin en Ucrania, con miles de muertos, ciudades destruidas y más de dos millones de refugiados. 

Los gobiernos han decidido cortar relaciones económicas y comerciales con Rusia y las empresas occidentales están abandonando el mercado ruso siguiendo el estado de ánimo del momento y obviando las consecuencias económicas, también para sus balances. Son decisiones tomadas para ejercer presión sobre Rusia y detener la invasión, pero también nos están conduciendo, casi sin darnos cuenta, a una lógica de guerra:

Nunca antes la Unión Europea se había planteado realizar una compra conjunta de armamento;

Nunca antes la Unión había decidido aceptar la candidatura de un país en guerra;

Nunca antes la UE había decidido prohibir la emisión de canales de información extranjeros;

Nunca antes los europeos nos habíamos planteado defender conjuntamente y con armas nuestras fronteras, nuestros valores y nuestras instituciones;

Rusia está actuando de “federador externo” de la UE y Europa, con la presidenta Von Der Leyen y el vicepresidente Borrell al frente, está cruzando su Rubicón.

La guerra con Rusia puede ser el acontecimiento que necesitaba la UE para consolidar su Unión, así como la guerra franco-prusiana de 1870 consolidó la unión alemana liderada por Prusia. Recordemos que la guerra franco-prusiana la declaró Napoleon III pero la ganó Prusia y esa victoria permitió a Guillermo I proclamar el Imperio Alemán desde Versalles y provocó un cambio de régimen en Francia, que se quedó sola y aislada. ¿Podría sucederle lo mismo a Putin?

La guerra de Ucrania abre una nueva etapa de la historia de Europa. Podría significar el reforzamiento y la centralidad de la Unión Europea frente a las otras “potencias europeas” –Rusia y el Reino Unido-, pero también nos podría conducir a una nueva confrontación europea que terminaría debilitando a todos los países del continente frente a Estados Unidos y China.

Esta guerra vuelve a convertir Europa en un problema. Un problema para Estados Unidos, aunque se está moviendo rápidamente para convertirlo en oportunidad, y un problema para China, que deberá inmiscuirse en asuntos en que no desearía. China es el actor que se siente más incómodo en la nueva coyuntura, y parece ser el más interesado en resolver el problema “con calma y racionalidad”, en palabras de su ministro de asuntos exteriores.

En conclusión, la capacidad que tengan todos los actores para volver a la “racionalidad política” determinará la posibilidad de encontrar una salida a la crisis.

¿Putin frenará la guerra ante las dificultades para ganarla? ¿Zelenski asumirá costes en términos de pérdidas territoriales para llegar un acuerdo con Rusia? ¿La Unión Europea revertirá las sanciones económicas como parte de un posible acuerdo?

Durante estas semanas se están escribiendo páginas clave de la historia de nuestro continente. Es el futuro de Europa el que está en juego, no el futuro de China ni el de Estados Unidos. 

Europa vuelve a encontrarse en el ojo del huracán, se mira en el espejo de sus horas más oscuras, y hay candidatos a Winston Churchill que solo podrán ofrecer “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”. ¿Estamos preparados para ello?